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Cuando la violencia mata

Violencia; no es novedad que los índices de violencia contra la mujer vayan en aumento (más de 17000 casos reportados en lo que fue del 2022 sólo en el Perú), golpes, maltrato psicológico, abuso sexual, feminicidio. Hoy en día ya no nos sorprende leer titulares cargados de desgracias, y no es algo que como especie sea digno de admiración, por el contrario, luego de tantos años de evolución pareciera que como sociedad no hemos aprendido el más básico de los recursos humanos, “la empatía”, somos la única especie que es capaz de matar por egoísmo puro.

Pero en las siguientes líneas no hablaremos del agresor, en esta ocasión es la víctima en quien queremos centrar la mirada, ¿la victima nace o se hace?, ¿Cuánto influye la personalidad y de qué forma?, ¿es el componente genético el que predomina, o es el ambiente donde se desarrolla el verdadero responsable?, ¿qué estamos haciendo como sociedad?, ¿Qué estás haciendo como padre o madre?, ¿Cuándo empezaste a perder el control?


La ciencia describe que en la formación de la personalidad se relacionan dos elementos fundamentales; el factor biológico y el ambiente o factor social. Es verdad que existen personas que desde muy pequeñas muestran una predisposición a reaccionar de manera más sensible, en quienes las emociones se viven de una forma más intensa y a quienes les cuesta más tiempo volver a la normalidad luego de una situación de crisis (desregulación emocional), es en este contexto donde el ambiente de desarrollo ejerce su rol como factor de protección o elemento detonante de un comportamiento insano.

Ahora pensemos en la familia, los padres, los modelos de crianza o estilos parentales que acompañaron a la víctima desde sus inicios. Recuerda el día que tuviste por primera vez en tus manos a ese ser indefenso, esperado o no, el momento en el que te tocaba asumir el rol más importante de tu vida, el momento en el que te convertiste en padre o madre, ¿Cuánto miedo habrás sentido?, probablemente habrás querido renunciar, escapar, correr, pero tomaste una decisión, “te ibas a convertir en el mejor padre del mundo”, tenías en tus manos una hoja en blanco, eran tus palabras las que comenzarían a escribir esta historia. Pregunto entonces ¿Cómo te imaginabas la vida para ella?, ¿eres el padre que te propusiste ser?, ¿Qué le sucedió a tu paciencia?, probablemente se quedó en el pañal número quinientos, se quedó en la sala de emergencia cuando tuviste que llevarla por la fiebre que no le bajaba, se quedó en la libreta de notas, en las reuniones para padres asignadas por el tutor del colegio, se quedó junto a las travesuras, jarrones rotos y cuadernos a medio llenar. Entonces empezaste a creer que el exceso de “amor” no te estaba trayendo resultados y decidiste cambiar de estrategia, confundiste la firmeza con dictadura, en tu afán de protegerla te fuiste convirtiendo en el agresor, ahora usas la crítica, el castigo y los gritos, de ser necesario la humillación, pareciera que el objetivo cambió, ya no es que sea una mujer sana y feliz, ahora solo quieres que tu hija no se meta en más problemas. Es posible que a corto plazo estés obteniendo resultados, pero no es que tu hija haya entendido el mensaje, es que cambió su espíritu intrépido por uno cargado de miedos, hoy tu hija te teme, no te has ganado su respeto, no es que haya aprendido a escucharte, es que aprendió a callar, a aceptar el daño, el maltrato se convirtió en su normalidad. Con un panorama como este ¿Quién es el vencedor?, sin darte cuenta estás preparando a tu hija para ser la mujer sumisa de alguien más, para que no solo tolere los golpes, sino que además los justifique.

Con cada ofensa, con tus gritos descontrolados, con los golpes a la pared le haces saber que cuando no tenemos recursos la violencia es nuestro mejor aliado. Le enseñas que está bien perder el control y lastimar, o lastimarse, usas el chantaje y la manipulación para aliviar tu carga emocional, esperas que ella te entienda, pero ella no es capaz siquiera de entender porque le toco crecer en este ambiente.

Hago un llamado al padre que un día fuiste, al niño lastimado que prometió que no seguiría la cadena de la violencia, hago un llamado al padre sensato, el que aprendió de las experiencias, el que busca formar, educar y no adiestrar, el que sabe reconocer sus errores y trabaja en ellos, el que tiene la humildad suficiente para pedir ayuda.

Que tu hija no se convierta en una estadística más puede ser tu nueva motivación, enséñale a amar y amarse, que vuelva a verte como su super héroe, que te admire, que confíe en ti tanto que seas la última persona a la que pueda mentirle. Si empiezas ahora te aseguro que no será sencillo, pero la vida que imaginaste para ella lo vale.


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